jueves, 23 de febrero de 2012

EL CUENTO DEL HOMBRE QUE NO ERA TAN FELIZ


Bien pasado un largo tiempo de soledad, el hombre que no era tan feliz y que no solía sonreír, tomó sus maletas y salió de la pequeña cabaña, en la cual solía morar cuando se cansaba de todo, con rombo al poblado más cercano. Mientras caminaba por un estrecho sendero en medio del bosque llegó de la nada, como diosa del humo, una hermosa mujer; quizá el podía doblar su edad, pero asegurarlo sería inexacto. El hombre que no era tan feliz había olvidado su edad hacía ya tiempo, y solo su reflejo en los ojos de la dama, junto con su barba, le decían que ya no era joven. Hola, dijo él, y ella le respondió el saludo como lo debe hacer una persona viva, puesto que si estuviese muerta le sería muy difícil responder; su cabello de miel onduló con una brisa y continuó con el sendero que llevaba, y quien sabe a donde iría; lo mismo pensó el hombre que no era tan desdichado, ¡que enigma!, ¿a dónde iría?
Pese a que ya antes había visto damas doradas y diosas de la belleza, decidió ir tras ella olvidando por completo el rumbo que antes marcaban sus pasos, y a su cabeza llenó de nuevos pensamientos que rondaban a través del recuerdo de la mujer en cuestión. Ella había salido por completo de su campo visual; el pensar le había quitado un  tiempo valioso y ahora había que seguir el rastro tal sabueso en busca de un conejo. Sus ojos claros y serenos; su cuerpo, delicadas curvas talladas por la mano del famoso escultor Miguel Ángel, ¡ah!, y su rostro como encontrarse al mismo Dios, solo que madre creadora en vez de padre. Debía ser una alucinación producto de los hongos del desayuno, o un demonio que se atravesaba en su camino para desviarle, y así hacerle perder en el bosque; y lo hizo, se perdió en el bosque, aunque no consta que se tratara de un demonio. Por días solo pensaba en ella y su idea de volver a la civilización, o incluso a su hogar, estaban en la papelera de reciclaje de algún ordenador; ya solo existía la obsesión de encontrarle, y que ella estuviese en el bosque era un imposible que el hombre, no tan ingenioso, no veía.
Pasaron los meses y las ardillas murmuraban en las copas de los arboles, por temor a ser escuchadas, sobre el enclenque que daba vueltas por el bosque con su manto de locura. Se divertían mordiéndolo y haciéndole tropezar, pero en cuanto él empezó a cazarlas todo perdió gracia y, otra vez, le dejaron solo. Un día el hombre escuchó hablar a dos ardillas; Ya me ha aburrido de ese extraño humano que ronda por ahí, dijo una de las ardillas; Es solo un loco que se ha extraviado, en un tiempo morirá, respondió la otra ardilla con ufanía. Impresionado por el hecho  les gritó y prometió irse, puesto que no quería incomodar a nadie. Por este mismo motivo se había marchado de su ciudad natal.
Determinado encontró la forma de salir del bosque, ahora había recordado el por qué de su soledad; no podía tolerar a las demás personas, o en este caso a las ardillas, y emprendió rumbo a su hogar.

Al llegar encontró en su pórtico a la hermosa mujer, parecía haber salido de la nada tal como una diosa de humo.
El hombre no tan feliz murió después de varios más años, en soledad, y con la misma sonrisa de idiota enamorado que aquel día surgió de una pregunta, ¿Por qué tardaste tanto?

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