Ningún dedo caía acertadamente sobre el teclado cuando el ilustre caballero Marcos estaba iracundo. En esta ocasión solo deseaba dispararle al tiempo con un buen cuento, pero su mete sumergida en la pereza no le facilitaba palabra alguna; así que gritó dos veces, o quizá tres, “¡Que se joda mi puta cabeza entonces!”, y después de esto tomo el cigarrillo de mariguana que guardaba para estos momentos de extrema desesperación. Claro, la idea era darle un empujón a la inspiración, como si el humo entrara a su cerebro para usarlo como tinta, y así dibujar unas bellas frases desde un punto de vista muy psicodélico.
No era su día de suerte, y la mariguana no le ayudó en mayor cosa, la única solución viable era suicidar el potencial del día con un libro, o una serie tv; pero Marcos no lo quiso así. Tomó camino hacia el ático para buscar con quien hablar, sabiendo previamente que la casa estaba vacía desde que Nikola Tesla inventó el teslascopio, con el cual se comunicaba con su primo en Júpiter los martes por la tarde; pues bueno, era miércoles y no había nada que hacer. Arriba solo había arañas, por lo cual sus conversaciones se limitarían a preguntas sin respuesta; “¿Cómo va la vida de madre soltera?”, digo yo por poner un ejemplo. Y ya llegando mitad de camino se devolvió con pereza de subir más escalas, y si más puso fin a los dos párrafos que llevaba en Arial 11 de Word.
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