La, la, la, sonaba la canción ante mi puerta y ante el público en blanco. La, la, la, gritó ella tres veces; la, la, la, y esta vez fue de horror. Él, quien sabe quien, se acercaba sonriente, metal en mano, brillaba más fuerte con la luz de la luna, y el corazón, lleno de óxido ferroso, opacaba con sus tenaces golpes al llanto mudo que caía de sus ojos.
-Estás loco- pensó ella sin decirlo, pues no sabía viajar y las sontas taciturnas no arrastran a nadie hasta las grandes pirámides, pero si eran el boleto de llegada. Y en ese instante las miradas de los dos cayeron, y callaron, pues la melodía se alimenta del silencio. De pronto se bailó en los aires dos piezas de tango, y el hombre dejo a un lado el cuchillo que llevaba.
Ella marcaba el tiempo con la lengua. La sacó señalando al joven de pelo castaños, y este le señaló su estado. Fue entonces cuando la mujer comprendió, y enrollando la lengua hacia fuera dijo, en su pensamiento,-al fin tengo el swing-
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