miércoles, 3 de agosto de 2011

Contra la roca

Era una noche oscura y fría de luna nueva en la cuidad.
El Comandante de la policía conducía con rumbo a un hotel donde creía que iba a terminar su largo y dificultoso trabajo.
Un Nissan Centra gris se divisaba a toda velocidad por la carretera principal de la cuidad. El carro, viejo y acabado, liberaba unas pequeñas gotas de aceite gracias a un tiro de pistola que había impactado contra el automóvil algunas horas atrás. En  la parte exterior del auto se veían un gran numero de realces, rayones y golpes  causados por sus años de servicio al Comandante Hernández persiguiendo delincuentes por las calles de la cuidad; las cuales le habían subido el ego a este policía al punto de creerse un súper héroe, pero este nuevo criminal lo desquiciaba.
Dentro del auto reinaba tal silencio que hasta el yogui mas exigente podría meditar allí. Las ventanas cerradas, la radio apagada, y el Comandante perdido en su propio pensamiento.
Por la mente del hombre divagaban una gran cantidad de recuerdos, como la reciente muerte de su hermano en manos del homicida que ahora buscaba y los graves problemas que se vivían en su casa desencadenados por su obsesión sangrienta con el criminal.
-  ¿Es mi culpa, o no la es? – 
-  Claro que lo es -  Respondió alguien en su mente.
-  Estas obrando tal como el asesino quiere que obres – dijo la voz desvaneciéndose en su cabeza.
La mente inquieta del comandante avanzaba por una ruta diferente a la del carro, lo que le impedía concentrarse en el ahora para así darse cuenta que se dirigía a una trampa.
Una luz intensa proveniente de un farol cegó al policía y le recordó la fecha.
- 8 de diciembre, 8 de diciembre, 8 DE DICIEMBRE – resonaba en su mente.
Observó su reloj de mano que la mostraba las once de la noche, se agito su pelo color rojo, prendió un cigarrillo y sacó del bolsillo interno de su chaqueta de gala una vieja carta que había encontrado el día anterior sobre el cadáver de otra victima del asesino.  Desarrugo la hoja y se dispuso a leerla.
Querido Comandante Hernández,
Le escribo cordialmente  para comentarle que el día 8 de este mes, en otras palabras mañana, mataré  al numero 25 de mi lista, la cual le hice llegar hace unos cuantos días, en el Gran Hotel, con mis propias manos; y disculpe por el exceso de aclaraciones en mi carta; a las 11:30 pm en una habitación del noveno piso.
Si quiere detenerme suba por la torre dos, y si confía en mí que no creo. De lo contrario suba a la otra torre y me vera matar a un pobre e indefenso humano en vivo y en directo desde un balcón de mi improvisado escenario.
Espero que asista a mi debut estelar, allí le espero.”
Hernández se sintió impotente y maldijo al asesino, no había podido hacer nada para detenerlo, aun siguiendo las indicaciones  del criminal al pie de la letra fallaba por cuestión de segundos.
Esta vez tenía más tiempo y no estaba dispuesto a fallar.

Cuando el auto pasó cerca del viejo y abandonado Edificio Gate el comandante recupero el control de su mente y sintió la necesidad de parar allí. Su sobrino había desaparecido, y el amaba ese edificio, tal vez podría encontrarlo allí; pero su arrogancia  era su codena, y lo sería; pensó que  primero debía ser un héroe y luego le dedicaría tiempo a su familia; se había dejado levar por su ego, tal como el asesino quería. Y este error le costaría la vida.
El Nissan siguió con rumbo al Gran Hotel, que ahora estaba a unas pocas cuadras. Mientras tanto en el hotel, un hombre joven, alto y zarco observaba su reloj; vestía un camisón azul, jeans, botas y una enorme gabardina que lo cubría completamente. Su pelo mono y largo, y su rostro amable lo hacia ver como un universitario alocado común, nadie creería de el un asesino.
El personaje se dirijo al ascensor de la torre 2 sin pasar por la recepción, y no se detuvo hasta llagar a este, se acercó al carro de los postres tomó una servilleta y un bocadillo. Al terminar el bocadillo dejo la servilleta sobre la mesa, tomo otra y se dirigió a la torre 1.
Desde lejos el hotel se podía observar  como dos torres de once pisos simétricamente iguales separadas por una plazoleta de piedra y detrás de ella una gigantesca piscina decorativa, al frente se veía un “Estar” techado que unía las dodos torres como si fueran un “U” en alto relieve. En el Estar se encontraban las entradas a las dos torres con un mini Estar cada una, la recepción general y una sala de espera y visitas decoradas con estatuas e mármol y fuentes que demostraban la calidad del hotel.
El asesino bajó de la torre 1 justo en el momento en que el Comandante Hernández llegaba al hotel; ambos se dirigieron a la torre 2 y al encontrarse el asesino lo  saludó amablemente como a cualquier otra persona y subió a ascensor. El Comandante no se percato de lo ocurrido  y tomó un bocadillo de la mesa de postres, y después e devorarlo tomo una servilleta. Al limpiarse se dio cuenta de que en la servilleta había un mensaje.
“Felicidades Comandante, me has seguido correctamente la pista”
“Posdata: confía en mi“
El viejo policía pensó rápidamente, y en un acto de desconfianza se dirigió a la torre 1, tomó su radioteléfono y pidió unos refuerzos que nunca llegaron. Subió a la torre y se bajó del ascensor en el noveno piso, dirigió su atención en una puerta que estaba abierta, de la que emanaba una pequeña luz que provenía de la ventana de la habitación y camino hasta allí.


-  Toc, toc – dijo el asesino de una manera muy graciosa.
-  ¿Quién es?– Respondieron riendo del otro lado.
-  Servicio a la habitación –
Una mujer abrió la puerta y saludo efusivamente, y a penas pudo el asesino la golpeo en el cuello dejándola inconsciente. Se desplazó al cuarto del niño Daniel y le encontró dormido en una cama, lo saludo y le sentó cuidadosamente.
-  Yo lo he visto a usted en mis sueños – dijo el niño.
-  ¿Eres tú quien viene a matarme? –
-  Si niño, y lo lamento –
El asesino miro con dolor al niño, pero su demencia era tan fuerte  que la posibilidad de parar se volvió inaudible; se miró a si mismo  y le dijo al niño:
-  Chico, la muerte no es el fin solo es otro comienzo –
-  Ayer tuve dos sueños, en uno me matabas y en el otro no –
Los ojos tiernos del niño desgarraban el corazón de este hombre, que ya había echo mucho daño y que ya no podía arrepentirse, solo podía seguir.

Al entrar a la habitación Hernández encontró una servilleta tirada en el piso; el ya sabía que significaba. El tiempo se le detuvo y empezó a sentir que todo su cuerpo se caía. Al frente en el noveno piso de la otra torre se encontraba el asesino con el niño en sus brazos, arrullándolo como si fuese su hijo. El policía le disparo al criminal, pero no consiguió darle, luego este dejó caer al niño sobre la plazoleta de roca.
 






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