miércoles, 3 de agosto de 2011

Cuando maté al ángel

Tenía su cuello en mis manos. Con mi mano izquierda agarré fuertemente su nuca y con la derecha desprendí su tráquea.
No alcanzó a gritar, movió bruscamente sus brazos y sus alas como intentando evitar su muerte; el sol que empezaba a salir, quedó inmóvil, luego se escondió.  Los sabios no decían absolutamente nada; formaban un círculo que me encerraba  y esas grandes túnicas grises enloquecían mi olfato. También se percibía el olor a sangre pero este no me molestaba, de hecho me producía placer. No hay más placer que el terror que sentía en el instante, no hay mayor terror que aquel placer.

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