No recuerdo por qué dos horas antes del nacimiento se escuchaba en el pequeño hospital la sonata número 19 de Beethoven. Creo que era a gusto de mi amigo Juan Carlos, le encantaba la música clásica, además de que lo mantenía tranquilo en un momento de tanta tensión, intriga, y ansiedad. El aire era frío y oscura la noche. Una corriente de aire llegaba a mí desde la venta susurrándome al oído: Se acabó, ya está cerca.
Se acercaba el sol cuando escuchamos un niño llorar y de inmediato Juan salto de la felicidad.
-¡Soy padre!- le oí gritar con emoción.
En él rondaba la sensación de alegría y desconcierto, y a pesar de que yo estaba a su lado no pude sentir lo mismo.
Se suponía que le acompañaba para grabar el nacimiento de su hijo, pero la suerte nos engañó dejando indocumentado aquel momento tan especial. Una partera se acerco a Juan para pedirle que entráramos a la sala de parto para ver al pequeño humanito, y así el padre cargo a su hijo mientras mi flash enceguecía tiernamente al bebé.
Luego yo cargué al bebé.
La madre, una mujer de gran belleza y además muy joven, se veía tranquila pero exhausta por tanta espera.
-Es una piedra este niño- dije bromeando por el peso del chiquillo.
-Se llama Simón- dijo ella- Y ojalá llegue a ser poeta-
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