Sostenía el santoral en posición vertical mientras miraba el ubajay. Deliciosos sus frutos, pensó el monje, aunque sean un poco ácidos.
Mas allá se notaba la cometa que sostenía con ufanía, creía que si Dios estaba en todos lados entonces él le tenía atado en su vuelo de cometa, y a su ves este le tenía atado a la tierra y no a la cometa.
El abad observaba al monje irse por las nubes como el humo de un mataquintos, que no es igual al de los buenos tabacos, así que le mandó a llamar.
Ven conmigo, escuchó el monje, y buscando de donde venía tan bella y cálida voz se encontró con su cometa. Subió en ella después de caminar por la pita que la unía al suelo. Deseó volar mas allá pero la voz le dijo: “no estás satisfecho aún”, afirmando y no preguntando; el monje cortó la pita para volar con libertad y el viento sopló fuerte, trayendo consigo el olor del tabaco que fuma el abad.
Cuando llegaron a llamarle era ya muy tarde, temprano antes del medio día, pero tarde para el joven monje que había caído de la cometa.
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