Aún no me acostumbraba a la ciudad después de haber vivido en ella una eternidad.
En aquellos tiempos solo me preocupaba por abarcar lo conocido y desconocer el resto de lo existente, incluso llegué a considerar este mundo como la única realidad razonable y con vida.
Recuerdo bien el día en que cambie de opinión. Fue una tarde tormentosa.
Por alguna razón me encontraba en la estación Niquía del metro de Medellín y me dirigía a mi casa.
Subí rápidamente al segundo vagón del tren cuando éste apenas se detenía. El vagón estaba vacío pero no tardó en llenarse.
Tal como se llenaba el vagón se mezclaban los diferentes olores de las personas que se encontraban adentro, creando así un perfume exquisito al que yo denominaría como “perfume humano”, una verdadera obra de arte.
La armonía de silencios y aromas pasó desapercibida por mi ser hasta un instante antes de que fuera rota por una joven que entraba de la estación Bello; ella era delgada y de curvas delicadamente definidas, de cabello castaño y ojos azules más bellos que el tranquilo cielo.
No recuerdo su olor, pero sé que su aroma me cautivó al instante. Yo me encontraba de pie en ese momento y ella al otro lado del vagón. Solo deseaba estar a su lado y abrazarla, pero lo consideré imposible y me lo negué con la cabeza.
El tren no se volvió a detener, o al menos yo no recuerdo. Entonces pude volver a sentir la armonía; la gente no se irritaba porque el tren no paraba, parecían hacer parte del trance en el que me encontraba.
Oí a alguien riendo pero no vi a nadie que lo hiciera, y a muchos hablar, pero solo era una ilusión. Intenté concentrarme y logré ver que el vagón se había detenido en pleno camino y estaba separado del resto del tren. La gente celebraba y conversaban entre todos sin timidez ni miedos, sabía qua era falso pero decidí quedarme allí.
La chica no tardó en acercárseme para pedirme que me integrara y calculé que teníamos la misma edad; luego me aventuré a hablar con ella.
La fiesta continuó suave con música de Sui Generis, que todo el mundo parecía conocer.
En un momento me acerqué a la chica y decidí besarla; ella no se opuso y el beso continuó hasta que nuestros labios se fundieron y la excitación, nos llevó a un orgasmo de besos; fue allí cuando desperté de la ilusión; me encontraba en un asiento y la chica estaba dormida a mi lado apoyando su cabeza contra mi hombro.
Me observé reflejada en la ventana de los asientos del frente y quedé sorprendida, me encontraba despeinada y tenía marcas de labial en la cara.
Decidí pararme con delicadeza para no despertar a la chica; me organicé la falda y bajé del tren en la estación que seguía.
No recuerdo como terminé de llegar a mi casa, pero me gusta suponer que subí a un taxi para no inventar otra historia
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