Estaba encerrado en la pieza, en una pieza del juego, de cualquier juego; y dentro de ella, a mi lado, había una pieza, digo un cuarto, en ingles “room”, y dentro de esta una cama, por lo cual en ingles sería una “bedroom”. Tres puertas tenía el cuarto en su interior, la cama en el centro y con forma de triangulo desde lejos, pero al acostarte se veía circular; una de las puertas daba en la cabecera, de vidrio era y su chapa de oro. A través de ella se veía un corredor cerrado por una pared; las otras dos puertas también eran ventanas, ya que eran iguales a la de la cabecera.
Salí al exterior para respirar un poco de aire contaminado, solo que estaba limpio y caliente; sobre todo caliente, tanto que se anaranjaron mis ojos y enrojecieron mis uñas. Observaba desde las alturas en una montaña y el mundo entero era del color de las hojas en otoño, solo que en el sur del planeta es primavera, así que de marón todo pasó a verde y pude notar que había agua en la planicie.
Caminé por horas subiendo la montaña en busca de agua, deseaba encontrar el nacimiento, no tomar de la desembocadura, ahí el agua empieza a salarse y a mezclarse con la del mar. Encendí un cigarrillo para agarrarme del humo y subir rápidamente con la corriente de aire caliente que empezaba a ascender con el medio día, pero el cigarro solo duró unos minutos y aunque avancé bastante, no recorrí nada del camino; pensé en incendiar el bosque para motivarme a correr llegar rápido a la cima, pero ya había apagado la cusca del producto cancerígeno, y el cerillo que quedaba era para fumarme otro después de encontrar el agua. Por ende tomé la decisión de quitarme la vida y así, como fantasma, podría simplemente aparecer arriba y asustar a los animales; el problema es que los animales no saben que es un fantasma y además ya no podría tomar agua pura.
Caminé por muchas más horas bajo un sol picante en el centro del cielo. Hasta que después de varios obstáculos, peleas con tribus nativas de pandas y ornitorrincos, y otras hazañas que jamás ocurrieron, encontré el manantial; y tal como lo creí, la montaña era un volcán de agua con una puerta en el fondo. Y aunque nunca entré siempre he imaginado que esa puerta sería la misma ventana de la cabecera de la cama, de aquella cama tan cómoda en la que me acosté tantas veces y con tantas personas, e imagino que era la otra puerta; por la cual no salí, y obvio no la de la cabecera; la que llevaba a exterior de la pieza.
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