Estaba sentado en el muelle, el único muelle del pueblo, observando el amanecer sobre el mar junto a la mujer de mi vida. Después de ella no hubo más.
Mi pueblo era pequeño, y aunque situado en la costa no parecía un pueblo costero. Cuatro grandes casas, una tienda y el colegio rodeaban el parque central, en donde había un árbol de mangos de tamaño descomunal. Según mi abuelo el árbol lo sembró su padre encima de la tumba de su madre, la madre del padre de mi abuelo, cuando tenía siete años, y por ello el árbol recibía el nombre de “La gran mama” y era la marca de mi familia en el pueblo.
Sin embargo todos en el pueblo le decían el palo de mangos con total naturalidad, a pesar de que conocían bien la historia. “Don Fernando” o “Don Fercho”, mi abuelo, se mantenía ebrio, cuando estaba vivo, junto al árbol y siempre contaba la historia. Tenía tres versiones de la misma; yo me sé las tres, y si siguen leyendo podrán conocerlas; una la contaba a los turistas, otra a los niños, y la otra era la verdadera, o eso pienso yo.
Del parque salían diez calles con diez casas a lado y lado, a mi parecer muy simétrico, pero todas las casas eran distintas. Algunas de ellas abrían las puertas al revés, otras eran custodiadas por una virgen a la entrada, y otras, como la mía, tenían ventanas de madera gigantescas siempre abiertas, para allí recibir algunas visitas, las de poca confianza.
Eran de tipo colonial, construidas por la misma persona, amplias por dentro y hermosas por fuera. Cada casa era una obra de arte, a excepción de la casa de Juan Burro y la del Cofla, éstas rompían la regla. ¡Ah!, Olvidaba también el colegio, ese lo construyó la secretaría departamental, y hacía parte del “estilo metro” de la ciudad de Medellín, o sea “moderno”.
Recuerdo que cuando yo estudiaba allí traían profesores distintos cada año, o cada seis meses, o como la clase de ingles cada dos meses. Por esto conozco muchos académicos, y gran variedad de gustos por la literatura. Pero hubo una profesora que si me dio clases durante toda la vida; bueno no toda, solo de quinto de primaria hasta el grado once, pero a mi edad eso es toda una vida; era la de ciencias naturales, química, física, y deportes. A veces nos daba español y sociales, cuando faltaba algún profesor, lo que significaba verla todo el día. Se llamaba Elizabeth Parker y era de la USA, nosotros, los estudiantes, le decíamos Dora o Martica, yo cuando me encontraba solo con ella la llamaba “Señorita Elizabeth”, y siempre que le decía así se sonrojaba. Creo que yo le agradaba demasiado, más de lo normal, más que un simple estudiante o amigo, bueno, ya me comprenderán; sin embargo ella se tomaba con seriedad su papel como educadora joven y soltera. Alguna vez llegó a decirme que se casaría conmigo cuando yo cumpliera veinte o con un negro musculoso y bien dotado. Aún siento que todo ocurrió ayer, a pesar de que ya han pasado quince largos años y la muerte me espera al salir en la puerta de está casa, que no es mi casa, igual que quince largos años atrás, cuando me esperaba al entrar en la puerta de mi casa. En aquella ocasión logre escapar, y aún lo hago, saliendo por la ventanas; pero sé que un día tendré que salir por la puerta.
Mi abuelo paterno también era muy reconocido, ya que él y su padre (ambos se llamaban Roberto) construyeron el pueblo entero, ambos eran obreros, albañiles, electricistas, arquitectos, marineros, pintores y músicos. Poco conversadores, de hecho nunca hablaban, se pasaban las tardes juagando ajedrez y tomando whisky, después de haber ido de pesca en la madrugada y reparado mitad de los daños ocasionados por ratas, niños, tormentas y comején en el pueblo. Ambos también eran fumadores, y sanos, que es lo contradictorio.
Murieron en el mar cuando yo acababa de nacer, algo que olvide mencionar es que peleaban por quién tomaba el timón. Pero igual no se sabe como murieron, solo que nunca regresaron; es más no se supo nunca si realmente murieron en altamar. El último día que se les vio dijeron que atraparían a “el gran capucho”, un pargo rojo de dieciséis metros de largo que según mi otro abuelo fue visto por unos indígenas la noche anterior; pero a mi abuelo no se le puede creer nada, también dijo que él los habían visto en altamar peleando contra el enorme pez ocho años después de su partida, “Para atrapar a un pez que no es de este mundo es necesario morir para no pertenecer a este mundo. En cuanto tus abuelos lo atrapen volverán”. Lo que yo no me explico es como van a hacer para volver a la vida, ¡Ay! Si mi viejo Don Fercho estuviese vivo inventaría una historia para que fuera posible, no sería real pero si entretenido, y más que eso, lo bello es el romanticismo que rondaba a las historias de mi abuelo.
Igual de romántico como el pueblo, con personajes únicos como el Cofla y su bigote encrespado y en puntas, rojo y negro.
La calle principal pasaba de un extremo a otro rodeando el parque, del lado oeste la calle se extendía en una carretera para ir a las fincas ganaderas y a la loma del cielo, donde se realizaban las peleas de gallos mas importantes de la región. Y hacia el este la calle llegaba al muelle, el cual siempre estaba plagado de hormigas, pero no aquel amanecer, ya que las hormigas del muelle no madrugan.
La chica de la que les comente al principio, era turista, turista aunque llevaba cinco meses de vacaciones en El Paraíso, así se llama el pueblo, y según ella era un pueblo fantasma ya que no aparece en ningún mapa, y en ese entonces no lo era.
Yo era su guía. Le enseñé todos los lugares que debía conocer y luego los que a mi me gustaban, como la poza sin nombre, que estaba en medio de la selva, y mi favorito, la playa nudista. Mi favorita porque era privada, solo mi abuelo y yo sabíamos como llegar, y según él esa playa era mi herencia. Una hermosa bahía donde nunca llegan las olas, rodeada por dos riscos de piedra con más setenta metros de altura, y sobre ella la selva virgen. Solo había una forma de entrar. Por el mar era imposible porque la playa que se encontraba antes de ésta era un deshuesadero, allí si había un fuerte oleaje, nadar en esa playa era la forma mas segura de encontrar la muerte. Y al frente de mi espectacular bahía nudista había un arrecife de coral casi en la superficie; ningún bote podía pasar. De todos modos no les diré como entrar, es mi secreto.
Fue en esta playa en la que pase la noche antes del amanecer con ella. La llevé hasta allí con los ojos vendados cuando se acercaba el atardecer, y sin mentirles es la playa mas bonita que existe en el planeta entero. La convencí de quedarse allí en la noche, mi excusa era ver el plancton, que en la noche alumbra al contacto. Para mi era una estupidez, pero para una mujer ha de ser bello, creo que se sienten sirenas cuando las rodea el plancton. Y después del asombro viene la parte en que se creen malas y se encargan de devorarte como pirañas en cuestión de segundos, luego reaccionan y el acto sexual continúa lento.
Jamás describo a una mujer vestida, así que tuve que contarles todo lo anterior para poder describirla.
Tenía el pelo corto y negro, ojos oscuros como los míos. Alta y delicada, cintura chica y grandes caderas, piernas gruesas pero no en exageración, delgada y pechos proporcionados. Tenía la tez blanca y la piel suave como la seda, pies y manos pequeños, pezones rosados y una poco opacos como sus labios, y ambos igual de fríos para mi suerte, que me encanta y me excita. Su sonrisa sola pudo haberme elevado al éxtasis, su rostro francés como su madre, la nariz pulida y su sexo casi indescriptible, aunque estando bajo el agua no lo vi muy bien. Unas cuantas pecas cubrían sus mejillas enrojecidas, además de sus hombros y sus pechos, pero eran pecas claras y poco abundantes, hacían el papel de decorar su cuerpo.
Toda la noche sonrió, antes de hacerlo, cuando lo hacíamos, y después de hacerlo. Pero creo que sonrió más cuando lo hacíamos y nuestros cuerpos eran iluminados por millones de lucecitas verdes bajo el agua. Su nombre era, o mejor dicho es, Sara. Siempre me alegó que se escribía con una hache al final, Sarah, pero yo lo escribiré durante toda mi vida sin la inútil hache, que solo embellece la apariencia estética del nombre. Sarah y Sara se pronuncia igual.
Yo quise contarle a ella la historia del árbol. Mi viejo se me adelantó en eso, una noche, creo que la primera de la chica en el pueblo, “el cucho” (mi abuelo) se acercó a ella, estaba ebrio, y le dijo:
-¿Ves este árbol de mangos?- la voz de mi abuelo tenía la capacidad de fascinar a cualquier persona y sentarlo a escuchar sus historias –Este no es un árbol cualquiera, no es solo un árbol de mangos. Es una mujer que después de morir volvió a tomar vida en forma de vegetal para así poder ver crecer a su hijo-
Yo no estaba allí, pero mi abuelo siempre empieza así la historia cuando se trata de un turista. Bueno y aprovecho para contarle la primera versión, así que aquí les va:
“Veo que tú eres joven, un aventurero. Osado y valiente.
Dos generaciones antes que tú nacieras, en este pueblo ocurrió una gran tragedia. Era un jueves por la mañana, o quizá era un martes, en que el niño Octavio Restrepo salía a pescar con su padre en mar abierto. Y que mañana mas bella era aquella, el mar se encontraba manso y cristalino perfecto para traer el almuerzo a la casa, como era la costumbre en ese tiempo.
Fue ese un día bello con malas sorpresas. El pequeño Octavio dejó su caña de pescar acuñada con una tabla del bote y se asomó para ver lo peces. El padre se acerco a su hijo y de asomó con él por la proa para narrarle la historia de “el gran capucho”, un pez terrible y a la vez uno de los dioses del mar más bondadosos. Se trataba de un pargo rojo más grande que seis personas juntas, y más veloz que una barracuda adulta. Un pez pacífico y una señal de mala suerte. Si se le ve hay que atraparle o algo terrible ocurrirá; también se dice que una escama del pez puede traer de la muerte a cualquier persona.
Y fue entonces cuando padre e hijo vieron aquel pargo gigantesco justo bajo el bote, el padre tomó el arpón y el hijo la caña y ambos lanzaron a la vez, el gran pez escapó del arpón y de la caña, y solo una pequeña escama fue atrapada por el anzuelo del niño.
Las nubes cubrieron el sol y el agua comenzó a descender en forma de lluvia. Tomaron los remos y regresaron atemorizados a casa sin pez alguno. Al llegar a la casa la madre de Octavio estaba muerta, y él niño en su esperanza trituro la escama y se la dio a comer. Siendo esto inútil, el tuvo que fingir por un momento que era un hombre y afrontar el destino con verraquera y una lagrima en cada ojo. En la noche, los dos hombres caminaron hasta donde estamos nosotros y justo donde está el árbol enterraron un tesoro y una mujer.
Pasaron los años y creció el árbol, el cual toma forma humana cada vez que alguien ve una pargo rojo de tamaño descomunal; el gran capucho.”
Después de que mi abuelo contaba la historia a alguien se le ocurría preguntar qué o cuál tesoro, y el siempre respondía: “sus corazones”.
Esta siempre será la versión que menos me gusta, aunque a veces pienso que es la real.
El punto es, yo debí contar la historia a la chica, y ahora observo con nostalgia aquella historia y ese pueblecillo en el que solía vivir. Más que nostalgia miro al pasado con dolor, impotencia; el humo del cigarrillo llega a mis ojos desde el escritorio de mi abuelo bañándolos en lagrimas, incluso me ahogo con el humo tosiendo de cuando en cuando mientras escribo.
Sara era una persona muy bella, tanto físicamente como… bueno, eso se explica solo. Solía mirar hacia el mar desde el hostal, en el balcón del tercer piso; recostada sobre la columna que sostenía un extremo de la hamaca, nunca acostada en ella. El otro extremo lo sostenía un gancho en una pared; creo que desde la hamaca no era posible ver el mar, pero ya no lo recuerdo bien y siempre que pienso en ello divago en las posible razones por la cuales la chica no usaba la hamaca. Algo que quizá nunca sabré, y aunque parezca poco importante a mi me causa inquietud; si tan solo supiese ese pequeño detalle de su comportamiento encontraría la manera de despertarla.
Dos noches antes, del amanecer que pasé con la mujer de mi vida, observe a mi padre apostando en la casa. Jugaban “fierro”, él y un desconocido. No puedo explicarles como se juega ya que nunca lo entendí, nunca me interesó, solo sé que se juagaba con naipes. Yo solo apostaba en juegos que dependieran de mis capacidades, el azar traiciona a los que le rinden culto.
Los vi desde lejos y mi padre parecía estar muy preocupado. Llevamos el mismo nombre, mi padre y yo, solo que mi madre decidió ponerme Pablo como segundo nombre, lo que no sirvió de mucho, nadie lo utilizó jamás; yo era el mismo, el mismo que mi padre para la bocas de los familiares y amigos. Después de jugar por horas el extraño salió de la casa, mi casa; pasó por mi frente, usaba botas pantaneras negras y un gabán que lo cubría por completo, se detuvo y me saludó sin quitarse el sobrero o bajar los lentes. Otro enigma caso, de esos que quedan sin resolverse, solo que este en especifico era importante y apenas hoy logro rescatar este hecho de mi memoria.
Sara se levantó, el amanecer era un espectáculo de fuegos artificiales que estallaban en colores bajo el cielo dando un tono naranja a este nuevo día, y con ella, de pie a mi lado, descubrí la sensación de felicidad de la que todos hablan y buscan; para ese entonces no sabía donde estaba, ahora sé que está en los pequeños confites que nos robamos de la vida, y hablando de confites el de mora es mi favorito. Mi abuela Carmen hacía confites de todos los sabores al terminar la misa, lo mejor que uno podía hacer un domingo era enfilarse como soldado detrás de otros veinte niños, una fila que siempre terminaba conmigo y empezaba con mi abuela en la ventana grande de mi casa, en la que se reciben visitas y se despachan dulces los domingos. Me gustaban los confites de mora porque eran los más escasos, casi todos eran de piña, y rara vez me tocaban los de mora. Ya les dije, yo era el que cerraba la fila.
La sombra de mi bella dama se hizo larga y su rostro bello con el reflejo del sol en el agua. Me puse de pie para besarla y cuando nuestro acto se hizo sublime escuché los gritos de horror que llegaban con la amarga brisa del pueblo. Todo se derrumbó en ese momento y el olor a sangre que se evaporaba con el cálido y amable abrazo del sol inundo mis entrañas de dolor y miedo. La tomé de la mano y le pedí que me esperara. Marche al pueblo sin prisa, el miedo no me dejó avanzar con velocidad, hasta llegar a la entrada. Sobre las calles relucían los cuerpos sin vida en sus mantos rojos, todos desparramados en las baldosas de barro de la calle principal con las miradas perdidas y la boca entreabierta. Entré a todas y cada una de las casa del pueblo encontrando a las personas que compartieron mi infancia infestadas por el olor carmesí de los mantos que los cubría. Ninguno de los cadáveres tenía heridas, simplemente murieron, como si hubiesen sudado sangre hasta caer colapsados.
No entré a mi casa, tampoco a la del Cofla ni a la de Juan, estás dos últimas eran las más apartadas del centro del pueblo. Al pasar por el frente de mi casa me saludo desde el pórtico el hombre extraño de aquella vez.
-¿Quieres tomar una café?- dijo con una voz confiable casi hipnótica. El calor empezaba a subir y me marché ignorándolo.
Sabía que Sara no me había hecho caso y entré al hostal saltando los cuerpos que no permitían el paso por las escaleras. En el tercer piso, en el balcón, estaba ella, mirando el mar con el seño fruncido y quieta como una roca, sus ojos escurrían el dolor de su alma, mis manos temblaban de miedo. Si solo supiera que miraba en el mar.
Ninguna palabra era apropiada para la ocasión, ni un abrazo o un beso, solo tomarla nuevamente de la mano y hacerle sentir que estaba con ella.
La noche se asentó y ella permanecía inmóvil, la cubrí con una de sus chaquetas pero ella no la sostuvo, solo reaccionó cuando yo me senté a llorar a su lado. Fue la noche más fría de mi vida, la muerte, ¡Oh!, ¡Diosa incomprendida!, se había llevado con ella el pueblo entero.
El terror y la desesperanza son como frutas afrodisiacas cuando te acosa la locura, y creo que fue por ello que la chica se lanzó sobre mí, desgarrándome la ropa. Yo reaccioné igual a su asalto y comenzamos el coito de la manera más carnal y pasional existente; ella mantenía el control sobre acto y se movía eufórica mientras me clavaba las uñas en los hombros, yo mordía sus pechos mientras la oía gritar. Luego un pude más con su peso y la arrojé suavemente al piso para quedar yo sobre su cuerpo. La penetraba lenta y fuertemente, tapé su boca con mi mano derecha apoyando el codo entre su axila en la madera del balcón, y con la otra mano apretaba su cuello; mi espalda se lleno de rasguños y mi cuello de mordiscos; ella gritaba cada vez más fuerte, y entre el placer y el ruido abrí una puerta que me esperaba al fondo de una visión.
Caminé nuevamente por las calles del pueblo, el sol apenas estaba por salir. Entré a mi casa. Mi padre hablaba con mamá, parecían estar discutiendo; ¿alguna vez les he dicho lo mucho que odio a mi padre?; Carmen hacía el desayuno en la sala, y el cucho de seguro estaba ebrio en el parque, el siempre vuelve a casa cuando sale el sol; creo que la abuela hacía unos sándwiches. Mamá se paró histérica de la silla y subió al segundo piso haciendo sonar con fuerza cada paso, nadie notaba que yo estaba allí, mi padre se paró y salió por la ventana con una gran maleta que llevaba el logo de “Pony Malta”, por la puerta entraba el cucho y como de costumbre fue hasta la cocina tambaleando y sosteniéndose de la paredes. Lo seguí y oí decirle “bomboncito” a mi abuela; que no sé cuando llegó a la cocina; me pareció muy gracioso, tan gracioso que no aguanté la risa, pero detrás de mi risa había otra risa, una más cínica y aguda.
Reaccioné y seguía follando como animal, el rostro de Sara derrochaba placer, ocultando el miedo. Mire al frente, y allí estaba el cadáver de su madre; sonaron, como estruendo de explosión, las campanas de la iglesia justo cuando la chica llegaba al orgasmo. -¿Quién las haría sonar si todos están muertos?- exclame para mis adentros.
Olvidé a la chica por un momento y me asomé por la una ventana. Allí estaba Juan Burro caminando de un cadáver a otro con su pie torcido como su mente, nada fuera de lo normal. Requisaba los cuerpos, igual ya muertos no creo que les moleste.
-¡Juan!, ¿estás vivo?- grite con fuerza
-Claro que lo estoy, ¡idiota! Y tú, ¿estás vivo?-
-Si-
-Entonces salgamos de este cochino caserío antes de que dejemos de estarlo-
Juan era un tipo raro, uno muy raro. Trabajaba de arriero, bajo el sol y las estrellas, hacía trasteos, transportaba mercado, hasta trabajaba para Coca-Cola transportando las gaseosas en sus mulas de carga por todo el departamento. No sé porque le decían Juan Burro, de hecho ni se llamaba Juan, pero tanto como el por qué, desconozco también su verdadero nombre.
Dice la gente que él ya había muerto dos veces, la primera ahogado cuando naufragó en una lancha de pasajeros, pero la corriente lo trajo hasta la playa del pueblo y el médico de la zona estaba de paseo por la misma playa; dicen que el médico era homosexual; nada importante a mi parecer, pero es parte de la historia; le dio respiración de boca a boca y lo trajo de nuevo al mundo de los vivos. La segunda enfermo de paludismo cerca de la frontera, pero estando ya en el país vecino y se puso tan pálido que murió, el médico de allá lo declaró muerto, y el brujo, chamán o yo no sé que con poderes de la naturaleza dijo que su alma ya había abandonado el cuerpo; pero no fue así. Cuando traían el cadáver por mar para que su tía, única familiar con vida, lo velara se despertó y abrió el ataúd, ya cuando los marineros estaban a punto de llegar al muelle. No murió Juan sino uno de los que lo traían, le dio un infarto al ver al viejo Juan Burro levantándose de su tumba.
Nos vestimos rápidamente para salir del pueblo. Juan dijo que el pueblo le pertenecía ahora a la señora Silva Muerte, le pertenecía con todo y habitantes, y que nosotros estábamos en la lista de pendientes; apreté la mano de Sara con fuerza y doble la velocidad del paso.
-¿A dónde vamos?-
-Fuera del pueblo, hacia las fincas, después de la diez de la noche estamos condenados, y después de la once perdidos- dijo con tono misterioso, con Juan era difícil saber si hablaba enserio –Dime ¿has entrado a tu casa?-
-No, per…-
-Pero yo si- interrumpió ella
-Entonces ella está condenada-
-Ella no vive aquí, se quedaba en el hostal-
-Si, pero es allá donde Silva Muerte llamó a lista preguntando por ella, y ahora los muertos la han visto entrar-
Tras nosotros se escucharon unos pasos, desconocíamos la hora exacta pero sin duda eran más de las nueve con cuarenta minutos, por esto al escuchar los pasos corrimos desenfrenados mientras la calle se alargaba. Paso por paso retumbaba en el piso, aquel que nos seguía exhalaba ruidosamente y se acercaba con velocidad. Miré al frente después de mirar el piso, me sentí a salvo al saber que estaba a dos casas de la gloria, pero fue entonces cuando Sara tropezó y en vez de caer al piso nuestro persecutor la tomó de la cintura.
Alcancé a asustarme un poco, pero los bigotes del Cofla eran inconfundibles. En cambio la chica si se escandalizó toda, y abofeteó al alto hombre que la sostenía.
-Los escuché hablar, y no quería morir, entonces los seguí-
Del Cofla no había mucho que contar, de hecho no hay nada interesante que contar; solo que tiene un bigote muy feo y una voz temblorosa. Y fue su voz temblorosa la que en ese momento nos recordó que aún no habíamos salido del pueblo.
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